Carta para ellA.

A…
La vida te ha marcado con el sino de la posesión amorosa de un hombre que a duras penas se posee a sí mismo. Infantil como él solo, sólo determina suyo aquello entre sus manos y su boca.

Puedo decir que hoy soy feliz refugiado y reflejado bajo tu rubia sombra, donde alabo y elevo el jaspe de tus ojos de lechuza y de tu piel, demonio blanco de las inmensidades que es amo de un vacio al cual amo, vacio fluyente que me atrae y solo se llena con mi sangre y mi voz.

Hoy celebro el que hace un año mi vida se rasgó con tu llegada, tus manos se abrieron paso como dagas blancas hasta mis palpitares. Me giraste con la fuerza de un dios que te golpea en la cara hasta quedar no solo frente a ti, sino mirando ambos el mismo futuro. En la presencia láctea de tu rostro me inspiraste ideas no por oscuras menos bellas.

Alejandra… hada alejada al drama, poética mujer, huidobra altazoreana, tekelili suave por mis venas, ninfa de quien lamí las curvas en la cueva del murmullo, flojo coñac, origen de cuanto darte de arte ha dado el mundo; en ti veo a la musa que quiero por esposa.

Te quiero por esposa. Todos mis deseos se reducen a esa frase, todo mi amor se condensa como gema de carbón, todas mis fuerzas en el camino de tener algo que ofrecerte, aunque tenga todo el nada que ofrecerte.

Algo es verdad, puedo darte amor a manos (piernas, pechos, cuerpos, caderas) llenas, poesías de agua y fuego, versos turgentes, cuentos incompletos y hasta ideas para novelas. Puedo darte mis manos que escriben poco pero saben trabajar, mis ojos que te admiran y te miran arrobados, te ofrezco mi cuerpo, que es tuyo hasta los huesos y la carne.

Después de un año no es un misterio para ti que soy un hombre de pasiones. Kierkegaard decía que la Fe es la más alta pasión del hombre y por ello también me considero hombre de altas pasiones y de Fe, y aunque no soy el más ortodoxo de los guerreros de Dios, somos buenos amigos y le agradezco por unir nuestras vidas.

Veo a Dios en tu mirada con la luz del sol, mi nostalgia de lo divino se soslaya y regodea en tu trigo, jade y gardenias inmaculadas (níveas flores de centro enrojecido), cisnes y grifos de la creación elevan sus alas ante tu belleza, terrible perfección y aurea hermosura.

¿Cuántas veces en la amarga historia de la creación la criatura se ha dado ocasión de amar como nos amamos? ¿Cuántas parejas se han volcado en el otro de ese modo casi religioso, con la fuerza y entrega de este par de muchachos que hoy somos? Ninguna, que no fuésemos tú y yo.

Por eso gracias. Nuestro amor ha tenido ya más de trescientos días creciendo y evolucionando en esta vida, este amor que jamás será demasiado y que ante esta hoja blanca (símbolo entre símbolos para nosotros) juro que antes bañará mi sangre tus libros que dejar de amarte.

No sé cómo señorita, le es posible amar a un hombre de aspiraciones tan contradictorias, un hombre al que no le basta más que vos (y voz) para vivir, pero que aún así quiere darle todo y que daría su vida porque fuese feliz. 

En la distancia añoro su boca, fuente y abismo donde abrevo, bebo, me precipito y ahogo, torrente de coquetería que se estrella caudaloso y voraz sobre mi pecho, cuyo único oficio es arder, abrasar, abrazar.

Me he extendido, y podría hablar de vos toda la vida, sabe usted, hermosa dama que esta pobre tinta esta a sus pies, pies corderos que retozan y se pierden, que me atan y se doblan sobre si, aplastados bajo el peso de la muerte, de a poco, solo un poco, pequeña muerte prometida ya por los ojos, ya por los cuerpos, ya por los sueños…

Por último dos peticiones.
Primera, que jamás permita que nos perdamos en el largo camino que aun nos queda por recorrer, que yo haré lo propio.

La segunda se la pediré cuando sea el momento.

Se despide:
El hombre que la ama y besa su mano.

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